NOTA DE PRENSA
 
Manuel Barbadillo
Periodo 1964-78

Inauguración: 28 de Abril de 2005


Manuel Barbadillo
Aseriana. 1964-78
Acrílico sobre tela
120x120cm


Manuel Barbadillo
Arsilia. 1964-78
Acrílico sobre tela
100x100cm


Manuel Barbadillo
Azaya. 1964-78
Acrílico sobre tela
100x100cm


Manuel Barbadillo
Anesar. 1964-78
Acrílico sobre tela
150x120cm (Díptico)


Manuel Barbadillo
Zagora . 1964-78
Acrílico sobre tela
100x100 cm

La Biblioteca de Babel, el breve cuento de Jorge Luís Borges, es la metáfora del ilimitado universo de posibilidades que encierra el lenguaje y lleva, casi sin querer, a ese otro horizonte sin límites, el de las formas posibles que encierra la materia -¿puede, en verdad, pensarse uno sin el otro?-. Los antiguos lo imaginaron como caos: no es el desorden sino el cúmulo de formas desorganizadas que, en el generoso seno de la materia, esperan que alguien las despierte, como los libros de Babel esperan al lector que haga vivir sus palabras.

El universo sin fin imaginado por Borges es el resultado de la combinatoria de 25 elementos diferentes: veintidós caracteres, dos signos de puntuación y el espacio que separa las palabras. El intento de Manuel Barbadillo (Cazalla de la Sierra, 1929 – Málaga, 2003) es, en principio, mucho más modesto. Este indagador de formas posibles comenzó fijando sólo tres figuras -un cuadrado, otro con un semicírculo inscrito y un tercero que circunscribía un cuarto de círculo- que se duplicaban por efecto de la alternancia entre blanco y negro. Con esos seis elementos se pueden generar muchas formas, pero el eligió sólo una de la que, mediante giros y alternancias de color, hizo surgir otras quince. Colocando esas dieciséis formas en diversas direcciones del espacio obtuvo obras tan atractivas como Roseta o Flecha. Piezas tan sorprendentes como aquella frase que un día encontró en un libro uno de los viajeros de la Biblioteca imaginada por Borges: Oh tiempo tus pirámides.

Esta atención prestada por Barbadillo a formas sencillas, ya hechas, su elección de algunas de ellas abandonando las demás, su combinación azarosa hasta llevarlas al ámbito del arte, acercan su obra a los postulados de Marcel Duchamp. No hace falta, en efecto, buscar el arte fuera del mundo o en la psicología sobrehumana del genio: basta la búsqueda inteligente, que explora la sencillez de la forma, y la decisión que cruza la estrecha y arriesgada distancia- Duchamp la llamó infraleve- que separa a un puñado de tubos de pintura comprados en una tienda de la sinfonía de color de un cuadro de Seurat. Barbadillo cruzó esa distancia con unas pocas figuras geométricas pero alentado por la expectativa de la forma.

La primera etapa de su recorrido duró cuatro años. No debieron ser fáciles porque entre 1964 y 1968 no contó con otra ayuda que la del papel milimetrado, el compás y la pluma. Con esos pocos útiles, sin embargo, hizo sus primeros hallazgos, quizá los más rítmicos de su producción: cuadros que, en lugar de horadar ilusoriamente el muro, logran hacerlo vibrar.

En 1968, los esfuerzos de la informática para dar a conocer sus posibilidades y para conseguir cuotas de mercado en España se aliaron con la Universidad de Madrid que creó su Centro de Cálculo. Barbadillo carecía de formación en matemáticas superiores -se había licenciado en Derecho- pero su trabajo artístico le hizo intuir las posibilidades encerradas en aquellas máquinas, incansables calculadoras de combinatorias. Durante diez años, hasta 1979, primero en aquel Centro de Cálculo, después con el ordenador personal, prosiguió su exploración de la forma sobre unos módulos que sólo se diferenciaban de los primeros por pequeñas alteraciones. El resultado fue una larga serie en la que cuatro formas se enfrentan entra sí. Al ritmo de la primera época se añade un juego de simetrías múltiples que llenan el espacio del cuadro y que generan un doble movimiento: hacia el interior del lienzo y hacia el muro que lo rodea.

Aún habrían de seguir otras dos series: de 1979 a 1984, una nueva alteración en los módulos generó silenciosos cuadros con fuertes superficies oscuras horadadas con formas luminosas derivadas del círculo. Desde 1984 hasta el año 2000, otro breve cambio en los elementos básicos permitió la multiplicación de las luminosas figuras circulares que parecían desgranarse en diferentes direcciones del espacio. En las tres últimas series, Barbadillo experimentó el alcance de sus formas trasladándolas a otros soportes: a veces la madera, a veces el metacrilato. Sus cuidadosos estudios previos en papel milimetrado revelan también una reflexión sobre la aplicación de esas formas a espacios públicos.

Cuando le sorprendió la muerte, en el verano de 2003 -el año anterior debió hacer frente a una penosa fractura de cadera- estaba trabajando en una nueva serie, explorando las posibilidades de un nuevo léxico, que tampoco se apartaba excesivamente de sus primeras formas.

Es ésta la silenciosa ejecutoria de un artista que buscó ante todo y sobre todo la indagación de la forma guiado por dos valores que consideraba decisivos en la pintura, las tonalidades extremas de luz -el blanco y el negro- y el ritmo que podían generar las formas más humildes. No opuso el lenguaje artístico al científico ni desdeñó las posibilidades que podía ofrecerle la tecnología. Se acercó a ésta y a aquéllos con la humildad de quien busca y con la osadía de quien sabe lo que quiere. El resultado es una extensa obra pensada, calculada y controlada, pero que no desdeña el enigmático atractivo que la forma visual y la materialidad del lienzo y los pigmentos ejercen sobre el cuerpo inteligente. Porque Manuel Barbadillo fue un artista de ideas pero éstas nunca se separaron del gozo de la pintura.

Juan Bosco Díaz-Urmeneta
Marzo de 2005

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